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  Anthony Bourdain

Chef, escritor y conductor de televisión. Anthony Bourdain es una personalidad de culto en cuanto a maletas y tenedores se refiere. Sarcástico, irónico, incisivo: todos estos adjetivos no bastan para describir a este apasionado autor, fanático de las vísceras, los tragos y los viajes.

“¿Nos volvemos más inteligentes e iluminados a medida que viajamos? ¿Acaso los viajes nos acercan a la sabiduría?”. Con estas preguntas se inicia el episodio de Anthony Bourdain: No Reservations, dedicado a Perú. Para este chef, descubrir otras culturas incrementa el saber, y la mejor forma de conocerlas es mediante su comida. Comer bien nos hace sabios y Bourdain tiene hambre de sabiduría.

¿Es el saber un alimento que se desea compartir? Los maestros Zen, custodios de inexistentes respuestas, golpeaban a los discípulos que preguntaban por la verdad última. Como aquellos, Anthony Bourdain no pretende decirnos nada, se rehúsa a comunicar o enseñar: no tiene vocación de moralista. Comiendo en Queens con Andrew Zimmern, el anfitrión de Bizarre Foods, decide interrumpirlo y regañarlo: “Puedes ser así de informativo en tu programa. Este programa gira en torno a mí. ‘Mmm’ es el único contenido que proveo. No me hagas quedar mal”.

EL SHOW DEL YO
Es el hedonismo de Bourdain lo que lo separa de un monje. Su sabiduría es más cercana a la de beatniks como Allen Ginsberg o William Burroughs, que a la de un promotor cultural. Su pasado con las drogas lo confirma: barbitúricos, cocaína, marihuana, LSD, hongos, anfetaminas, codeína, heroína. El trayecto de su vida es una exaltación del placer en detrimento de la salud. En la ardua altitud del Himalaya, Anthony Bourdain enciende un cigarro y comienza a temblar.

Cínico, rebelde, insatisfecho e insaciable, Anthony Bourdain tiene 53 años a cuestas y actúa como alguien que no supera los 25. Fanático de la banda Ramones y de la música punk, lleva con orgullo un arete en la oreja izquierda, bebe cerveza con cada comida y hasta hace poco fumaba dos cajetillas de cigarrillos al día. Para este cocinero, la edificación es tan importante como la destrucción. No repara en improvisar un stand up comedy para cuestionar a los vegetarianos o en editar su programa burlándose de alguno de sus invitados; no duda en decir que cierta comida nacional es indigerible o en criticar reputadas costumbres. Nada escapa a su incisiva narración.

A diferencia de los programas habituales de viajes o cocina, en No Reservations hay una única voz que todo lo ocupa. Anthony Bourdain solo habla de sí mismo, y ello nos resulta más grato que otros programas en los que la particularidad del sujeto es silenciada. Vemos el mundo a través de su inquieta mirada. Es el show del yo sin reservas: un delgado individuo que devora ávidamente el mundo.

MENÚ DE VIDA
Este hombre iluminado por los aeropuertos, este trotamundos de hoteles y restaurantes, optó por vincularse a la comida en un viaje que realizó con su familia. Su pasión se despertó en la nación gastronómica del mundo, cuando probó por primera vez una ostra en el bote de un pescador en Francia. Desde ese momento, para ‘Tony’ el alimento se convirtió, verdaderamente, en sustento de vida. Como cocinero, ha dirigido los restaurantes Supper Club, One Fifth Avenue y Sullivan’s, y actualmente es chef ejecutivo de Brasserie Les Halles. Por otro lado, su fama como autor lo asaltaría en el año 2000, con la aparición de su libro Kitchen Confidential. Ahora lleva casi diez obras firmadas, y publica habitualmente en los mejores diarios y revistas: The New Yorker, The New York Times, The Times, The Observer, Gourmet y muchos más.

Pensar en Anthony Bourdain es dejar de lado los amaneramientos gastronómicos y obviar los refinados y minúsculos platos para sucumbir ante la grasosa ‘hamburguesa de dólar cincuenta’. Es preferible maridar vísceras con cerveza antes que lomo con Cabernet Sauvignon. Como chef del restaurant Brasserie Les Halles, se jactó siempre de que las papas fritas que servía se acercaban a la perfección. Y es que Bourdain no discrimina al momento de masticar. Se le ha visto engullirse el corazón palpitante de una cobra en la lejana Vietnam, y el ojo crudo de una foca en el helado norte de Canadá. Se trata de comer cualquier plato: ser un cocinero exige probar todo para no perderse de nada. En lo más grotesco puede hallarse el más grato placer.


Escribe Juan Manuel Gauger
Montaje Ale Hop

 
 


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