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  Martín Romaña
Cómo escribir un blog y no morir en el intento

Hace un año empecé a escribir un blog. Como no hay nada mejor que escribir sobre lo que uno conoce bien, utilicé esa especie de bitácora para relatar mi propia vida. Narré con exagerado realismo cómo había pasado los últimos 15 años encerrado en mi departamento y cómo un buen día había decidido salir al “mundo real”. Expliqué en el mentado blog que durante esos tres lustros de exilio voluntario, me dediqué básicamente a leer y ver películas. Narré que solo hablé con tres personas y que crucé la puerta del piso 11 de mi edificio en Barranco únicamente en diecisiete ocasiones, entre visitas al dentista, votaciones e idas al médico.

Escribí también con bastante desinhibición todo lo que viví al salir del piso once; conté episodios íntimos como mi primera cita, mi primera borrachera, la primera vez que fui a una discoteca, la primera vez (y última) que volé en parapente, mi primer beso, entre un largo catálogo de inauguraciones existenciales de variado calibre.

Los generosos y numerosos lectores comentaban cosas muy alentadoras, como por ejemplo: “gracias por escribir tu blog, así tengo algo divertido que hacer en el trabajo” o “mi jefe piensa que estoy loca porque me río solita frente a la pantalla cuando leo tu blog”. Claro, nunca faltó tampoco el lector disconforme que te escribe que leer tu blog es bastante más desagradable que someterse a una endodoncia en manos de un dentista con Parkinson. Pero, en general, era una delicia para mí leer todos esos comentarios de desconocidos que, de pronto, se hacían entrañablemente cercanos.

Luego de largos meses de compartir mi vida cotidiana con miles de personas, decidí dar por concluida mi incursión en el “mundo real” y volví a exiliarme en mi departamento. Me enclaustré nuevamente a causa de una decepción amorosa que de puro dramática cerca estuvo de acarrearme la muerte (eso fue lo que sentí).

A mis estimados lectores la idea de mi nueva reclusión y, sobre todo, que ya no escribiese en el blog, no les hizo ninguna gracia. Intentaron convencerme de que siga escribiendo utilizando persuasivos y emotivos argumentos. Sin embargo, haciendo alarde de una acerada terquedad, hice oídos sordos a sus pedidos y procedí con lo decidido.

Escribo ahora este artículo desde mi exilio en el piso once. Si algún día salgo de aquí, lo primero que haré será escribir nuevamente en el blog. De alguna extraña manera echo de menos a mis lectores, a todas esas personas que nunca conocí.

 

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