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Balo Sánchez-León La fiesta al día siguiente |
París me parece una fiesta lejana. ¿La viví yo? ¿Fue, en verdad, una fiesta? Pero claro que lo fue, pobre, en las buhardillas, compartiendo el vino, el queso y el pan. No se nos pasaba por la cabeza no ser pobres. La mayoría había estudiado sociología, literatura o no había estudiado nada, nada en absoluto. La pobreza era entendida como una vertiente de la austeridad. Tener bienes materiales era una traición de quienes ingresaban al sistema. En esa medida, París fue una coartada para algunos, porque allí se vivía sin estatus fijo, sin una posición en la sociedad francesa; eras un marginal o, para los ambiciosos, un ciudadano de segunda categoría. En todo caso, en el lejano Perú, las cosas estaban revueltas y las posiciones atravesaban por todo tipo de modificaciones reformistas y militares en aquella rígida pirámide social de antaño.
París fue mi fiesta, en todo caso. Tuve la suerte de tener dos amigos mayores que me enseñaron a vivir, a leer, a conversar, a pasear y a beber con inteligencia: Alfredo Bryce y Julio Ramón Ribeyro, en una época en la cual mis amigos de los techos de George Mandel, donde se agrupaba la mancha de peruanos, no eran amigos de esos dos grandes escritores. En George Mandel viví la experiencia del Perú, pero lejos del Perú. Se trataba de un microcosmo entretenido y generoso, con sus paltas, por cierto, pero a quién le importaban esos traumas. No vivíamos en los techos de Breña, no deambulábamos como Artidoro por la avenida Abancay. Vivíamos en París, pobres, libres, con mucho tiempo entre las manos.
Quien ha vivido en París a los veinte años, siempre la llevará en el corazón. Puede sonar una frase manida, pero creo en ella. Quizás idealizo esos años lejanos, quizás he borrado lo feo, lo duro, lo gris, y me he quedado con el cuerpecito de Marcia, con las carcajadas de los amigos caminando al restaurante universitario de Dauphine. ¡Puede ser! Pero estamos en la edad de recordar, de escoger los mejores momentos y, sin duda, París es un sueño realizado. Y lo es porque quienes fuimos (la mayoría se ha quedado, yo no) lo hicimos para escribir poesía, amar, beber y comer. Después todo cambió, lo sé. Cambio allá y aquí. Piden visa, hay racismo, los peruanos van a trabajar de mano de obra. Así es la vida: todo pasa y nada queda.
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